Vuela libre, pajarillo

Vuela libre, pajarillo
Photo by alexandre alex / Unsplash

Estoy viviendo los momentos más amargos de mi vida y es confuso, porque he sido yo quien ha precipitado este cambio. Empecé a caminar junto al amor de mi vida un 7 de abril de 2017 y el pasado viernes 13 de marzo, a falta de algo menos de un mes para nuestro 9.º aniversario, decidí que debíamos seguir caminos separados y se lo hice saber. Desde aquel fatídico momento me siento como un alma en pena, como si me faltase la mitad de mi ser. Todo me recuerda a ella y la extraño. Anhelo hablar con ella, pero sé que, por el bien de los dos, no debo. Es tan difícil mantenerme en esta postura. Sin embargo, sé que para ella es incluso aun más duro.

Basé mi resolución en que nos hallábamos estancados en una dinámica de pareja que no era sana, de la que nunca supe cómo rescatarnos, y que tarde o temprano nos acabaría despojando de nosotros mismos y convirtiéndonos, al menos a mí, en personas amargadas y resentidas. Que necesitábamos separarnos para recuperar nuestra propia esencia y poder alcanzar una situación de bienestar y estabilidad como individuos independientes. Me cuesta tanto permanecer fiel a esta determinación y creer que sigue siendo lo correcto. Cuando miro a mi alrededor a menudo me da asco lo que veo y no puedo evitar pensar que tenía un tesoro y que lo he arrojado por el váter.

Tan solo me queda pensar que la vida sigue. Un sabio me dijo una vez que todas las decisiones, las buenas y las malas, son para bien y que los errores son como un regalo, porque te hacen aprender. A mí en estos momentos estas palabras se me antojan vacías y sin sentido. Dicen que quien no se consuela es porque no quiere, yo ahora no sé cómo hacerlo.

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